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En la cultura occidental se ensalza la figura de la persona ejecutiva, pero es interesante resaltar que no toda aparente “actividad” puede ser considerada como verdadera acción.

Muy habitualmente nos encontramos ante mero atareamiento, ajetreo, estrépito, consumismo, rutina, vacía eficiencia, agitación o quizás activismo; pero no verdadera acción. Tagore comparaba con ingenio a las personas que así actúan con la cal, que “levanta mucho polvo, pero no fertiliza la tierra”.

Conocemos al hombre de negocios afanado en una incansable búsqueda de prestigio o riqueza que no dispone nunca de tiempo para disfrutarla. Vemos al político que se esfuerza sin tregua por ascender, urdiendo mil intrigas sin rehuir ninguna bajeza. Experimentamos a jefes de ordeno y mando, pero que no saben gran cosa de la vida de sus empleados. Descubrimos a docentes más preocupados por enriquecerse o por exhibirse que por la pronta y fecunda inserción laboral de sus pupilos. Detectamos trabajadores sometidos por una inquebrantable y árida rutina pero que no sienten absolutamente nada por lo que hacen. Tampoco nos cuesta imaginar en estos tiempos a una mujer que va de acto público en acto público únicamente preocupada por su propio glamour.

¿Puede decirse que personas como estas son realmente activas? ¿Podríamos ver en ellos al hamster que corre en su ruedita sin llegar nunca a ninguna parte? ¿O quizás a esos perros que dan vueltas alrededor de sí mismos intentando atraparse la cola?

No todo lo que se mueve es acción

No hablo ya de todas las “actividades” de carácter claramente nocivo para el cuerpo o los sentimientos de las personas. En todo este tipo de manifestaciones en las que el hombre se deja envolver por espejismos o sugestiones colectivas no se está siendo verdaderamente activo; por mucho que pueda parecer otra cosa.

Por el contrario, tal y como nos lo demuestra cada día la naturaleza, las características de la verdadera acción son la armonía, la nobleza, los ritmos, la unidad y, sobre todo, la fecundidad. Su motivación no es extrínseca sino intrínseca. Se despliega progresivamente desde su esencia, en profundidad, con calado.

Curiosamente, bajo la apariencia de la no acción, en el corazón del silencio, suelen encontrarse partes esenciales de la verdadera actividad.

Al igual que sucede en la naturaleza exterior, todo acto verdaderamente original y creativo, todo impulso vital, se produce en la oscuridad, en la quietud, en la aparente inmovilidad.

Las semillas germinan donde nadie las ve; los manantiales brotan con pureza de las viseras ocultas de la tierra. El propio hombre se gesta durante meses en las entrañas del útero materno. De la misma manera, en el ser humano, cualquier acto verdaderamente creativo se desarrolla en el recogimiento, en el silencio y en las regiones internas del alma.

El hombre actual, siempre afanado y pendiente del exterior, no puede siquiera sospechar la riqueza que permanece a la espera de ser manifestada en todo ese intangible mundo interior.

Sabiduría perenne

Ya los antiguos sabios de la India trataron en profundidad este problema. En el  Baghavad-Gita se dice:

¿Qué es la acción y qué es la no acción? Sobre este punto incluso los sabios están perplejos… Difícil de entender es la naturaleza de la acción. Sabio entre los hombres y devoto en el cumplimiento de toda acción es aquél que sabe ver la no acción en la acción y la acción en la no acción.

Normalmente se considera que un hombre de acción es aquél que produce efectos tangibles o visibles, que gana mucho dinero o que maneja a muchas personas. En cambio no se suelen considerar atributos del hombre de acción la meditación, la observación, la reflexión, el retiro temporal, la sensibilidad, el recogimiento, la contemplación o la escucha.

Jesús paso los veintisiete primeros años de su vida de forma completamente anónima antes de iniciar una actividad pública que duraría tan solo tres. ¡Y la que lió en esos fértiles tres años! No solo eso. Previamente también necesitó retirarse cuarenta días en el desierto. Por no hablar de sus numerosos retiros de reflexión u oración reflejados en los distintos pasajes evangélicos.

Mucha gente piensa que los evangelios son algo viejo, o caduco. Sin embargo yo considero que su riqueza es verdaderamente inagotable y muchas veces de una precisión sorprendente. Para acercarnos al final este post sobre la acción me gustaría citar un revelador pasaje del evangelista Lucas. En él se relata la visita de Jesús a la casa de dos mujeres: Marta y María.

Mientras iba de camino con sus discípulos, Jesús entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.  Tenía ella una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba lo que él decía. Marta, por su parte, se sentía abrumada porque tenía mucho que hacer. Así que se acercó a él y le dijo:
—Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sirviendo sola? ¡Dile que me ayude!
—Marta, Marta —le contestó Jesús—, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la quitará.
(Lucas 10:38-42)

Jesús llega de forma inesperada a la casa de dos hermanas. Cada una de ellas reacciona psicológicamente de forma muy distinta. Ambas sintieron el vivo deseo de rendir homenaje al huésped, pero cada una lo hizo de forma diferente.

Marta, con su mentalidad burguesa, se preocupó de demostrarle su devoción preparándole una espléndida comida y poniendo en la mesa lo mejor que poseían. Así ella honraba el cuerpo y la personalidad externa de Jesús. Pero no contenta con eso, incluso se sentía víctima de la aparente pasividad de su hermana.

Por el contrario, María, con su actitud interior y espontánea, honraba el espíritu de Jesús, y mientras en apariencia no hacía nada, en realidad le estaba ofreciendo lo que para él era la cosa más grata. (Nos encanta hablar, y tener razón, y seguir consignas, y dar órdenes, y ser masa… otra cosa es ser leales a nosotros mismos, escuchar, descubrir, sentir, empatizar, intuir, crear, innovar…).

Ante el habitual escepticismo, la superficialidad, la incomprensión, la sequedad, la falta de calado, la torpeza o la vanidad de muchos. ¡Cuanto debió alegrarse Jesús al experimentar la íntima comunión que le donaba María en su recogimiento inmóvil!

Hoy en día se suele entender por sacrificio toda aquella tarea que nos resulta ardua, sin embargo no es ese su significado original. El sacrificio o sacro-oficio lo es, no por el hecho de que una actividad nos resulte ardua (que no tiene porqué serlo), sino por la especial cualidad de su orientación, dedicación o motivación. En realidad es el alma o el sentimiento que ponemos en nuestros actos lo que los convierte en sagrados, y no su dificultad.

No es casual que el hueso denominado sacro sea la base cónica de nuestra columna vertebral y la que nos permite aguantarnos de pie. No solo eso, nos encontramos con la coincidencia de que el aparato reproductor está justo en esa zona, siendo el que transmite la vida biológica. También en el sacro es donde supuestamente nace la energía llamada kundalini, nombre que en sánscrito define la energía cósmica interior que posee el ser humano dentro de sí. Cuando su fuerza es cultivada y canalizada en ascensión a través de la columna vertebral hasta la cabeza, hace posible la unión entre el hombre y el Alma Universal.

“En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa.” Antonio Machado

En definitiva, la sugerencia es vigilar, sentir, ir a la raíz, indagar en nuestras verdaderas motivaciones. Como hemos visto, no todo lo que se mueve es acción y no toda acción nos actualiza ni es verdaderamente fértil.

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